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martes, 17 de junio de 2008

De la religiosidad y la moda

Esa vez, la primera que nos vimos después de mucho tiempo, llevaba puesto un vestido verde a rayas. Lo había comprado el día anterior en una tienda de ropa usada, al encontrarlo lo más bonito y triste que nunca había visto en una caja con olor a abuelo. Caminamos un par de cuadras en línea recta y, cuando llegamos a la Recoleta, tiré de tu manga para que dobláramos por una calle, sin obtener mayores resultados. No. Por qué no. No sé, podrían asaltarnos o peor. ¡Bah! No va a pasarnos nada, vamos. Créeme, no. Te propuse que cada quién siguiera por su lado y nos juntáramos frente a la vitrina del almacén de los sombreros que estaba a tres calles, ante lo cual te estiraste todo lo largo que eres y me miraste poco convencido. No supe si querías saber que efectivamente no iría contigo o, muy por el contrario, sólo querías mostrarme que si iba por esa calle nada te haría seguirme. La cosa es que aceptaste, seguiste siempre en línea recta por en frente de la iglesia y yo me quedé mirándote: te vi espantar unas palomas con la punta del pie. Después, en vez de seguir por mi camino, me detuve en el umbral de una puerta y esperé un buen rato, enmarcada como una virgencita en una estampa, imaginándome lo impaciente que estarías. Estarías enojado, de seguro, y los caros sombreros te molestarían más y más conmigo. Cuando te vi venir corriendo pensé que me dirías las cosas más nefastas por estar en esa puerta jugando como una niña cuando tú sentías ese inexplicable miedo a los ladrones. Sin embargo no dijiste nada. Te quedaste viéndome como si me hubieras bajado de un globo y yo, como pude, me enrollé con brazos y piernas, porque no todos los días alguien volvía por mí al umbral de una casa extraña. Fue lo más extraño reconocerme de esa manera, como una trampa, después de tantos meses. Aproveché de enrollarme, con dedos y pelos, a tu cuello lleno de borlas por detrás de las orejas. Las tenías tan heladas que tuve que quitarlas de la boca y taparlas con jirones del vestido verde de líneas blancas, y apretar fuerte mis manos para que nada se me fuera a escapar otra vez entre las arrugas de la tela y tu cabeza.

viernes, 18 de abril de 2008

El Español


yo al español lo conocí en la puerta de alcalá. bueno, en verdad lo conocí a través de ventanitas naranjas una vez, pero eso es lo de menos, porque pude verlo y tocarlo y decirle holacómoestái en frente de la puerta, no antes, y por computador no hay más que flujos sin fundamentos. luego de habernos hablado y jurado por correo amor eterno, mi mamá decidió llevarme a madrid el año antepasado. se suponía que yo no iba a ir porque no teníamos cómo pagarlo, pero de pronto se vino a mi cabeza el dinero que mi abuela me había depositado desde que nací para la universidad o para cualquier cosa que necesitara en mi vida y con eso viajé en junio del 2006. sé que mi abuela me entendió porque era, a esas alturas, una necesidad para mi concretar las llamadas telefónicas internacionales. tuve el peor vuelo de la vida, por no decir menos. es que siempre he tenido problemas en los oídos y me duele tanto el aterrizaje. siento como si fuese a estallarme algo por dentro o a florecerme el tímpano izquierdo. en fin, cuando llegué a barajas llamé al español y le dije "español, ya estoy en madrid" y sentí cómo sonreía del otro lado del teléfono (siento que podía percibir su comisura derecha golpeando contra el auricular) y me dijo con ese tono que solo puede tener un español: "venga, qué alegría tenerte tan cerca!". después de varios días de recorrer la ciudad con mi mamá, de ir a toledo y al escorial, por fin el español me llamó al hotel para decirme que tenía tiempo pues había terminado todos sus exámenes. genial, pensé. por fin me lo voy a poder comer. sí, es que olvidé mencionar una característica importante: qué español más guapo. metro ochenta y siete, ojos azules, rubio, sonrisa pep, voz ORGÁSMICA. con esto último se volvía profundamente comible. sin embargo, cuando nos juntamos en la puerta de alcalá, el primer pensamiento que se me vino a la cabeza no fue precisamente un "bien, por fin perderé mi virginidad", sino más bien un “que me van a salir lindos los críos!”. bueno, como es de esperar, mi mamá me fue a dejar al punto de encuentro (que no se les olvide que soy una niña!), por lo que claramente el español no me agarró ahí mismo y fue sumamente cortés y como el resto de los españoles. mi mamá lo amó y eso que es bien difícil que mi mamá ame a alguien. me explico, mi mamá no puede ver a Él. Él no puede entrar a la casa, considera que es una mala influencia para mi y que solo me quiere para cosas de grandes. pero ya, Él en esta historia no tiene mucho que decir, pues estaba contando mi primer encuentro con el español y Él todavía no existía cuando esto sucedió. mi mamá lo saludó y se fue. entonces el español me abrazó y me dijo que quería que lo acompañara a comprarse un bañador y que después podíamos ir al parque del retiro. fuimos al corté inglés y compramos lo que necesitaba; salimos de ahí y, al atravesar la calle, paf, me tomó la mano y no me la soltó más. yo creo que en ese momento me hice agua como amelie cuando nino le pregunta si conoce a la niña de la foto, que era ella misma. caminamos y tomamos el metro. nos bajamos en retiro y llegamos al parque. estuvimos mucho rato dando vueltas, me compró un globo enorme, nos tiramos al pastito y me dio un beso en la mejilla (y que me parta un rayo si fue en otro lado; cuál es el afán de los besos a medias?). me mostró donde quedaba su casa y luego me fue a dejar al hotel. en la puerta me dijo que todo había sido increíble y por fin me dio un beso. estuvimos por lo menos una media hora en la puerta, yo creo. se notaba que nunca había dado un beso, pero aprendió en dos segundos y yo me sentía tan espectacularmente seca por estarle enseñando a un español tan ORGÁSMICO cómo jugar al cíclope. al otro día me llamó y me dijo que el de ese día había sido su primer beso y que le había encantado. luego salimos, fuimos a bailar y el resto lo hizo madrid. me fui a sevilla por un par de días y, cuando volví, me fue a buscar al hotel. volvimos a lo de las lenguas. a los días después me invitó por fin a conocer su casa por dentro (y vaya qué adentro!) y bueno, claramente no hubo tiempo para conversar mucho: cuando abrió la puerta de su departamento, puso su mano entre mi cuello y mandíbula, el pulgar y el índice estaban ahora separados por la oreja, a su sillón luego y a su pieza después. no sé bien cómo llegamos a su pieza (bueno, en verdad sí sé cómo, pero me gusta contarlo de esa forma); solo recuerdo que mientras caminábamos medio desorbitados y con las manos por no sé dónde, mi vestido quedaba en el pasillo, los pantalones del español en la puerta, su cinturón entremedio de las sábanas. sí, estábamos en ropa interior y luego no y él jamás en su vida había visto un par de esas aparte de las de su mamá al nacer. debo reconocer que yo tampoco había visto mucho, pero me las di de que sí sabía. creo que hace tiempo no veía tantos cíclopes juntos, nos mordimos más de la cuenta (y dolía a veces) y yo creo que si había 30 grados afuera era agradable, porque dentro de esa cama no había menos de 40. nos movíamos de aquí para allá, de arriba hacia abajo, que sí, que no, que vamos, que NO TENGO CONDÓN. hasta ahí llegó toda mi fantasía sexual. me vestí y a los días me vine a bailar cueca. con el español no hablamos casi por un año y yo pensé que me iba a morir, porque parecía que me había enamorado un poco. bueno, no sé si enamorado, pero me daba rabia la no concretación. un día me escribió un meil pidiéndome perdón por no hablarme y contándome que se había alejado porque se había enamorado de mi, entonces le dolía que yo estuviera tan lejos. igual lo entendí, a veces los hombres son más aterrizados que nosotras. le respondí y así fue como volvimos a conversar y, a exactamente tres meses de mi próximo viaje a europa, puedo confesar que voy a madrid y que el español me juró que esta vez sí pasaríamos a “mejor vida”.

miércoles, 9 de abril de 2008

Time again, you're too late

Digamos que nunca acordamos que él viniera a morderme el cuello. Fue una cosa que salió de repente, mientras él me abrazaba por la espalda y yo tenía los brazos cruzados para tomar con mi mano izquierda su mano derecha y viceversa. Desde el día en que, aparentemente, nos hicimos amigos que hacemos lo mismo. Pero lo del cuello fue una novedad. Estuvo dos segundos recorriéndome la base del cuello con los labios y luego me acercó los dientes. Me vino un escalofrío. Lo hizo otra vez: otro escalofrío. Después se me ocurrió que lo tenía demasiado pegado a mí, siempre desde atrás. Pero fue algo muy de la guata, muy desafectado.
Me acordé de una conversación que había tenido una semana antes con una amiga, que me comentó que cada vez que uno de sus amigos le mordía un hombro entre juegos a ella le daba un escalofrío, y no fue hasta mucho tiempo después que notó, cuando una vez su novio hizo lo mismo, que eso la calentaba.
Por un momento pensé en dejarlo hacer. Después habría llegado a casa con una mancha delatora que me habría obligado a andar con pañuelos toda la semana como una estúpida (pero una estúpida satisfecha). Ahí me atacó el sentido común: la decisión era entre seguir el instinto y asumir la consecuencia o mantenerme igual de digna que antes, pero con el descubrimiento de esas nuevas ganas. Le dije que no lo hiciera. No me hizo caso hasta que pasado un rato comenzó a reírse y se dio cuenta de que se estaba entusiasmando sin base alguna. Terminamos conversando medio abrazados, yo sentada en una de sus piernas.
Tengo ganas de que me muerdan el cuello. Pero no cualquiera, no sé. No él. Después eso complica las cosas: ¿por qué es que las chicas decentes como yo tienen esa regla muda de no agarrarse a los amigos? A veces me gustaría ser más desenfadada. Quizás si saliera a bailar podría conseguirme a un incauto cualquiera para que me besara todo el camino del cuello; entonces me bajaría un ataque de risa y lo detendría ahí para que no acercara nunca su boca a mi boca, en un intento frustrado de tener la decencia que tenía la mujer bonita cuando atendía a sus clientes. Sólo que esta vez sería yo la clienta de un servicio que se entrega a cambio de nada más que unos movimientos que nunca aprendí y que me nego a aprender.
No quiero bailar. Por ahora me contento con que me muerdan el cuello.