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domingo, 20 de abril de 2008

Eso de no saber

Siendo bien honesta, lo que pasó es que yo me salté una etapa. Yo ya no era tan chica y más seguido de lo que yo hubiera elegido me empezaba a bajar sutilmente la envidia, cuando las otras niñas hablaban de los besitos escondidos que se daban por los rincones. Eran esos tiempos en que besarse a los trece o catorce años todavía tenía algo de sorprendente. Y la envidia me bajaba sutilmente porque, entre todas, era yo la que tenía todavía eso pendiente. No en el sentido de besarse en público, sino de besarse en general. Nunca tuve recuerdos de esas cosas, aunque mi mamá dice que de chica había un niño que a veces me daba besos (y otras veces me golpeaba: el eco del orden social de media clase, de esa realidad femicida que todavía era un secreto en los noventa). La verdad de todo es que tuvieron que pasar los días hasta una madrugada de octubre a mis diecisiete años para que se me terminara la envidia de esas niñitas.
Lo que pasó es que yo me salté una etapa. Me salté esa etapa de transición en que apenas rozarle los labios a un chico era suficiente para dejarla a una sonriendo todo el día. Me salté la etapa en que besar era tan importante que con eso solamente ya se podía decir que existía una relación entre tú y ese otro. Cuando por fin ocurrió fue en un living demasiado iluminado para mi gusto, con un tipo de veinticuatro que se debatía entre tocarme por todas partes y dejarme a mí ser la que acercara finalmente mis labios a los suyos. Fue difícil, especialmente por eso de ser tan terriblemente ingenua, tan vieja y jamás besada, especialmente por estar en los brazos de uno que levanta miradas por todas partes y que tenía vestigios por todas partes de una tremenda, espantosa experiencia. Como cuando me dijo que la niña más joven con la que había andado era apenas un poco más vieja que yo. Fue difícil, pero en algún momento se pasó el miedo: y fue sólo entonces en que me salté la etapa, porque lo de jugar al cíclope fue de inmediato aprender a usar la lengua como no me hubiera imaginado nunca, porque fue inmediatamente arquear la espalda para besarlo sentada, él de rodillas, para besarlo sobre sus piernas, bajo él en un sillón, sobre él y tratando de que no rozara con sus dedos aquel que yo sabía que era mi punto débil, dejando de besarlo por un momento cuando me abrazaba tan fuerte mientras estábamos enredados sobre esa cama, y por todas partes se me escapaba eso que yo llamaba inocencia y también aquello otro de ser correcta y mesurada. Fue, en cierto modo, perder irremediablemente el control.
La última ingenuidad que me arrancaron fue aquella de besar con grandes sentimientos, un poco a la fuerza cuando un par de días después de esa madrugada él me dijo que no quería nada más, definitivamente arrancada cuando, un año y cinco meses después, se apoderaron de mí unos deseos espantosos de tocar y besar y saborear sin más, simplemente por el placer de hacerlo. Y a veces me acuerdo de ese que me hizo saltarme etapas, por la simple razón de querer averiguar si ahora que estamos los dos más grandes sería tan capaz de aguantarme a mí que lo detuviera justo cuando empezábamos a movernos más lento, más profundo, todo porque tenía yo aún algo de miedo. Me baja la curiosidad de saber si alguna vez volverá a apretarme tan fuerte que me den escalofríos por todas partes, porque eran esos abrazos los que me convencían de dejarlo hacer, de no parar. Pero el miedo entonces fue más fuerte. Ahora ya no estoy más segura. Me quedo con el sentimiento delicioso de sentirme tan mujer, una vez más, y con las palabras de una entrañable amiga que, a la mañana siguiente, me dijo: "cuando hacen eso es porque están enfermos de calientes".

sábado, 12 de abril de 2008

Para siempre tuya

Pensé que me engañabas con el astrónomo: estaba esa frase y estaba también una de esas cosas que escribe la gente para hacerla imaginar a una la cara del otro cuando no se lo puede ver, una cara de risa en este caso. Pero era una cara de risa que me dejó pensando, no sólo por el hecho de, quizás, llegar a engañar, sino por el hecho de que se le pasara a él por la mente que yo alguna vez lo engañaría: como si, implícitamente, en esa frase estuviera la esperanza de que yo le perteneciera a él, como si en esa frase estuviera el reconocimiento de esos ojos hambrientos que me ponía encima a veces. La última vez que me miró así lo hizo a hurtadillas, en esos dos segundos en que desvió la atención del tipo a quien estaba atendiendo y me miró con esos ojos que parecían estar constantemente al sol, y por dentro me asusté un poco, pero lo más que me pasó es que se me vino otra vez a la mente ese primer o segundo sábado de otoño en que lo único que quería era que se terminara de lanzar encima de mí y que quitara la mano de mi cintura para que me explorara por todas partes. Entonces yo todavía pensaba que tendríamos otras oportunidades, y en honor a esas oportunidades y a la maravillosa sensación, descubierta esa tarde de otoño, de que nunca jamás habría otro que me provocara las mismas cosas, al menos mientras supiera yo que esa mirada de hambre que le descubría a veces era sólo mía, exclusivamente mía, le susurré mentalmente que no, que jamás. Y entonces me sentía hermosa y querida, pero además me sentía tan orgullosa que, entre risas, le contesté el mensaje de texto diciendo que qué se creía, que nosotros no teníamos nada. Y nunca tuvimos nada: eso lo aprendí menos de una semana después.

miércoles, 9 de abril de 2008

Time again, you're too late

Digamos que nunca acordamos que él viniera a morderme el cuello. Fue una cosa que salió de repente, mientras él me abrazaba por la espalda y yo tenía los brazos cruzados para tomar con mi mano izquierda su mano derecha y viceversa. Desde el día en que, aparentemente, nos hicimos amigos que hacemos lo mismo. Pero lo del cuello fue una novedad. Estuvo dos segundos recorriéndome la base del cuello con los labios y luego me acercó los dientes. Me vino un escalofrío. Lo hizo otra vez: otro escalofrío. Después se me ocurrió que lo tenía demasiado pegado a mí, siempre desde atrás. Pero fue algo muy de la guata, muy desafectado.
Me acordé de una conversación que había tenido una semana antes con una amiga, que me comentó que cada vez que uno de sus amigos le mordía un hombro entre juegos a ella le daba un escalofrío, y no fue hasta mucho tiempo después que notó, cuando una vez su novio hizo lo mismo, que eso la calentaba.
Por un momento pensé en dejarlo hacer. Después habría llegado a casa con una mancha delatora que me habría obligado a andar con pañuelos toda la semana como una estúpida (pero una estúpida satisfecha). Ahí me atacó el sentido común: la decisión era entre seguir el instinto y asumir la consecuencia o mantenerme igual de digna que antes, pero con el descubrimiento de esas nuevas ganas. Le dije que no lo hiciera. No me hizo caso hasta que pasado un rato comenzó a reírse y se dio cuenta de que se estaba entusiasmando sin base alguna. Terminamos conversando medio abrazados, yo sentada en una de sus piernas.
Tengo ganas de que me muerdan el cuello. Pero no cualquiera, no sé. No él. Después eso complica las cosas: ¿por qué es que las chicas decentes como yo tienen esa regla muda de no agarrarse a los amigos? A veces me gustaría ser más desenfadada. Quizás si saliera a bailar podría conseguirme a un incauto cualquiera para que me besara todo el camino del cuello; entonces me bajaría un ataque de risa y lo detendría ahí para que no acercara nunca su boca a mi boca, en un intento frustrado de tener la decencia que tenía la mujer bonita cuando atendía a sus clientes. Sólo que esta vez sería yo la clienta de un servicio que se entrega a cambio de nada más que unos movimientos que nunca aprendí y que me nego a aprender.
No quiero bailar. Por ahora me contento con que me muerdan el cuello.